UTOPÍAS DISTÓPICAS: PARAÍSOS DE RENEGADOS

En La Habana, desde hace décadas, se dice y se enseña que ocultar la verdad no es mentir. Ya saben, al enemigo ni agua. En ciertos contextos podríamos afirmar que dicha afirmación, valga la redundancia, se sostiene como estrategia de lucha. Pero cuando se trata de organizar una sociedad, de encontrar las formas de vida idóneas para el conjunto (entendido como totalidad, repito, totalidad, de seres que comparten un mismo origen y tiene como rasgo común ser conciencias y no solo creencias), entonces, digo, la verdad se convierte en un estorbo, en un espejismo. Las verdades políticas, religiosas, económicas y hasta, si me apuran, sexuales, se convierten en el caldo de cultivo para seguir propagando eso que se da muy bien a la raza humana, exterminarse unos a otros, y, como no es suficiente, seguir el juego con las demás especies, tanto del reino animal como del reino vegetal.  Veamos.

La Habana, tierra encantada y de sueños prohibidos

UTOPÍAS EN MENTES DÍSCOLAS

Las utopías nacen siempre en mentes díscolas, inconformes, desafiantes. No se acostumbran a lo establecido y no solo quieren otro mundo, sino, por líneas generales, inventan uno. El problema de las utopías no radica en su motivación, sino en acomodarse a su flamante nueva forma de ver las cosas. Sí, el gran pecado de los utópicos es cerrar la puerta a nuevas utopías, a nuevos tiempos. Por decirlo desde otro ángulo, los utópicos olvidan lo perecedero de la vida y de los sueños, y, peor aún, olvidan que cada ser humano y cada generación tiene el deber y derecho de buscar su propio camino para afrontar, de la mejor manera posible, sus propias vidas, sus propios sueños. No todo tiempo pasado fue mejor. Es más, solo se puede vivir el presente. Ni siquiera el futuro, por muy hermoso que se imagine, se puede disfrutar en el hoy y sin el hoy.

Los utópicos nacen, viven y sueñan en tierra de nadie

   Los utópicos díscolos creen luchar por el bien de la humanidad, pero no pueden ver que la humanidad por la que viven, mueren y asesinan, en no pocos casos, está hecha a su medida y, por tanto, sesgada, tergiversada ¿por quién? Por las creencias que sostienen su utopía. En otras palabras, las utopías que nacen de mentes díscolas no beben de la humanidad, sino de una idea sobre la humanidad. Una idea que puede ser muy bonita, pero que al encerrarla en el mundo de las creencias la convierten en ideología y, por tanto, en algo evanescente y tan ilusorio como la utopía misma que la sostiene. Concebir algo que no puede cobrar vida en espacio alguno es, diría Erasmo de Róterdam, una febril locura de adolescente. Todos pasamos por ella, pero no todos pueden superarla.  

LOCOS POR LAS DISTOPÍAS

Las distopías, como fruto del trabajo de mentes distópicas, suelen ser la antesala a infiernos humanos de todo tipo. Las sociedades distópicas beben del desenfreno, de una sobredosis de realidad ¿Pero de qué realidad estamos hablando? De aquella construido en base a miedos de todo tipo. Sí, las mentes distópicas, frente y en contraposición a los idealismos utópicos, no creen en la evolución de la consciencia humana, si por tal entendemos la evolución hacia algún tipo de ética del bienestar que englobe al conjunto humano y que sea acatada como tal por cada uno de sus miembros. No, la mente distópica sabe muy bien que ese fin de una sociedad de iguales nunca llegará, pues el hombre, como diría el ingenuo Hobbes, es un lobo para el hombre. Desde esta perspectiva, los Estados modernos, como los de antaño, no estarían diseñados para un bien común hipotético, sino para evitar que, en estas realidades asimétricas, el hombre se aniquile a sí mismo. La idea fue, y sigue siendo, que era y es preferible que el hombre sea deglutido por el Estado mismo y así evitar el canibalismo entre hermanos. En otras palabras, el Estado, que, no olvidemos, firman con nombres y apellidos, aunque se escuden en instituciones impersonales, el Estado, digo, no garantiza el bienestar del individuo, sino la supervivencia del conjunto social. Desde esta perspectiva, los Estados están más allá del bien y del mal que los individuos y sus locas ideologías puedan tener, su misión es mantener viva esa sociedad deshumanizada que no logra exterminarse gracias a sus esfuerzos institucionales.

Los distópicos viven alimentando al lobo de Hobbes

Puede haber golpes de Estado de todo tipo, pero las distopías, como las utopías, jamás defenderán ni alentarán la desaparición de los Estados. Los Estados saben muy bien que su supervivencia depende de la confianza de la sociedad en ellos y cuando hablo de la supervivencia de los Estados me refiero a la parte carnal, a los hombres de Estado (a lo largo y ancho de todas sus estructuras), pues dichos hombres viven a costa del esfuerzo de los demás por mantener unas estructuras que, en el mejor de los casos, podemos tildarlas de antropófagas. Por eso, los Estados, paradójicamente en una sociedad automatizada, siguen engordando las nóminas de sus esclavos útiles, funcionarios de todo tipo, pues no pueden permitirse llegar al punto de quiebre. Aclaro, esto no tiene nada que ver con quien esté o no gobernando. Blancos o negros, rojos o azules, todos defienden la mano que les da de comer o, como diría un viejo profesor de una vida pasada, los esclavos no saben cómo alcanzar la libertad porque confunden a sus amos con sus cadenas sin darse cuenta que las cadenas reales están tanto en sus mentes de esclavo como en las mentes que los esclavizan. La peor esclavitud, solía terminar diciendo el viejo profesor, es la que te impide ver al esclavista que todos llevamos dentro: nuestras creencias.  

¿Desaparición de los Estados? ¿De qué narices estamos hablando?

PARAÍSOS DE RENEGADOS

Las utopías distópicas son una locura. Intentar cambiar las cosas proponiendo otras que, a sabiendas, serán peores, aunque, obviamente, se diga lo contrario, es, digo, una locura digna de mención por el mencionado, valga la redundancia, Erasmo de Róterdam. Sí, tanto los utópicos como los distópicos saben muy bien que no hay salida al problema del mal humano a través de las creencias. Cualquier sociedad que base su forma de organizarse en torno a creencias, es decir, que estructura la vida de los seres humanos en torno a interpretaciones de la realidad, está condenada al fracaso, mejor dicho, a perpetuar el fracaso, pues este tipo de sociedades vienen fracasando desde la noche de los tiempos. La pregunta del millón es cómo estructurar una sociedad si no es en base a creencias, a interpretaciones de la realidad. Pues sí, hay paraísos para renegados. Hay formas, teóricamente infinitas, de organizar un conjunto social en base a la conciencia y no en base a las creencias. Una sociedad basada en la conciencia no necesita de un Estado que proteja la convivencia, sino necesita de unos códigos de convivencia que sean negociados y aceptados por cada uno de sus miembros. La tecnología blockchain puede ser una herramienta formidable para alcanzar acuerdos entre iguales. Una sociedad basada en la conciencia no necesita de un territorio para enarbolar banderas divisorias, sino necesita una red de internet limpia de creencias fallidas de todo tipo y que fomente la ciencia con conciencia. Una sociedad basada en la conciencia no necesita de economías antropófagas, sino de economías abiertas a la riqueza común del conocimiento. Una sociedad basada en la conciencia no necesita la competencia como instrumento para la evolución a nuevas realidades, sino crear las condiciones para fomentar las capacidades creadoras de todo ser humano. La educación en las sociedades basadas en la conciencia no está dirigida a someter al niño a las estructuras sociales, tal y como hoy en día se desarrolla, sino apoyar al niño a descubrir su potencial creativo y ayudar a su desarrollo, sea el que sea, para su propio beneficio y, no olvidemos, el beneficio social. Ayudar a un niño a desarrollar todo su potencial creativo es ayudar a la supervivencia de la especie. Podríamos seguir, pero este es un simple pasquín. Lo importante a retener es que la idea, en forma de distintas y antagónicas ideologías, la idea, digo, que dice que el hombre está condenado a no salir de sus zonas de confort ideológicas, pues más allá no hay nada, es la gran mentira de las sociedades que fomentan las utopías distópicas, es decir, aquellas que o bien no desean cambiar nada o, paradójicamente, aquellas otras que desean cambiar todo lo superfluo para que no cambia nada en esencia. Las distopías, en suma, buscan nuevos infiernos para salir de los infiernos presentes.

Utopías y distopías jamás alimentarán la extinción de los Estados, pues viven de ellos
¿VALE LA PENA SALIR DE LAS SOCIEDADES DE UTOPÍAS DISTÓPICAS?

Suelo llamar a esas sociedades de la conciencia como eutopías, el buen lugar, el lugar bueno para la vida. Suena a utopía ¿no?

Otro mundo es posible, las eutopías, pero no son de este mundo

   Las sociedades basadas en creencias basan el concepto de libertad en el tener, en el hacer, en el decir, etc., etc. Los Estados basados en creencias defienden la libertad, cada cual la suya, la que se impone y se socializa, como el último grito del humano vivir. Para nuestro humilde ver, la libertad no es una cuestión de poseer, tener, decir, etc., etc., sino de Ser. La libertad de Ser es la que te lleva a desarrollar todo el potencial creador que cada conciencia tiene en sí misma. La primera libertad, la que nutren los modernos Estados fallidos, que son todos, no solo los que están en listas negras de países incoloros, y que buscan a través de ella facilitar a los individuos el acceso a consumos de todo tipo, a la libre expresión, etc., cada cual a su manera, no es una libertad que pueda desarrollarse porque no todo está permitido: no todo se puede expresar aludiendo la libertad de pensamiento, no todo se puede consumir aludiendo al poder económico, etc., etc. Las libertades basadas en creencias están limitadas por las propias creencias, que son siempre sesgadas por visiones parciales espacio-temporales de la realidad. La libertad que nace en la conciencia no tiene más límites que su propio desarrollo y no están limitadas por realidad alguna, sino son constructoras de la realidad. La libertad basada en creencias limita la ciencia a sus propios beneficios, mientras la libertad basada en la conciencia no limita la ciencia, sino crea ciencia con conciencia.

El mayor esclavista del hombre son sus creencias

   Estoy seguro que sociedades basadas en la conciencia y no en las creencias es el único futuro posible de la humanidad, pero, como nazareno que soy, tengo una visión parcializada de cómo se llegará a ese futuro. No creo que las sociedades modernas, con todas sus fronteras y creencias, puedan desarrollar un cambio real de rumbo sin una fuerza mayor que les impulse al cambio. No creo que, llegado los días del cambio, todos estén preparados para una sociedad eutópica, pues el único requisito para poder transitar por una sociedad así es llegar a ella a través del amor y el descernimiento y no a través de los miedos. Justamente, las sociedades basadas en las creencias han llegado a su locura por haberse construido a través de fomentar todo tipo de miedos. Así todo, como digo, soy optimista. El Maestro de Maestros, Jesús de Nazaret, está a las puertas.

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